Empresa española expulsa a 600 personas de sus tierras en Guinea Bissau

Foto: Jaume Pons, gerente de Agrogeba, en las tierras
de Guinea Bissau que ha ocupado la empresa.
Pedro Armestre
- Agrogeba, empresa dedicada a la producción de arroz, ha cortado los caminos y tiene guardias armados para proteger sus zonas ocupadas

- Las comunidades afectadas denuncian que las tierras les pertenecen porque las han cultivado siempre

- “Los productos químicos desplazan los mosquitos de los cultivos a la zona donde hay más población y eso produce más malaria"





Susana Hidalgo - Bafatá (Guinea Bissau) (El Diario)

“No podéis entrar, a partir de ahora estas tierras pertenecen a la empresa española Agrogeba”. A Djenabu Balde no se le olvidará el día en que, junto a otras mujeres, se encontró con que ya no podía pasar a las tierras de cultivo de arroz que hasta entonces le servían para subsistir y alimentar a sus ocho hijos.

Djenabu es una de las 600 personas expulsadas por el acaparamiento de tierras que Agrogeba, dedicada a la producción de arroz, ha hecho en Bafatá (Guinea Bissau) y que ha sido corroborado por un informe realizado en 2012 por la ONG Alianza por la Solidaridad junto con Intermón Oxfam. Cuando en 2010 Agrogeba llegó a esta zona del interior de Guinea Bissau, cortó el paso en los caminos y contrató a guardas rifle en mano para evitar que ni personas ni animales volviesen a cruzar los cultivos de arroz.

De un lado, las comunidades afectadas, apoyadas por la ONG local Aprodel, denuncian que las tierras les pertenecen porque las cultivan de manera histórica y que Agrogeba les ha obligado a trasladarse a otros lugares más lejanos y menos fértiles. Del otro, la empresa aduce que las tierras son de titularidad pública, que llegó a un acuerdo con el gobierno guineano y que desconocía que la zona estuviese siendo previamente cultivada por los locales. Algunas comunidades se han tenido que resignar y buscar otros terrenos. Otras, en cambio, han resistido y han conseguido hacerse fuertes y echar a Agrogeba.

Las más afectadas por esta acaparación de tierras son las mujeres, ya que ellas son las que se dedicaban de manera mayoritaria al cultivo tradicional de arroz. “Ahora, desplazadas, han perdido la autonomía respecto a los hombres”, señala Aua Keita, responsable de Seguridad Alimentaria de Aprodel.
Condiciones laborales cuestionables

Con la llegada de Agrogeba, el trabajo se ha mecanizado y las personas que trabajan para la empresa son hombres. Estos ni siquiera tienen contrato. “A mí me debían nóminas, me cambiaban sin yo pedirlo salario por arroz y solo me tenían trabajando de manera temporal y sin contrato. No nos ayudan en nada, el arroz que no venden porque de aspecto no es bonito lo queman en vez de regalárselo a las familias”, denuncia Sirufo Pemba, extrabajador de la empresa.

Agrogeba es cien por cien de capital español. Dos de sus cuatro socios lo son también de Petromiralles Group S. L., una empresa dedicada a la gestión de gasolineras y que tiene un proceso abierto en la Audiencia Nacional por blanqueo de dinero, fraude fiscal y falsedad documental. Agrogeba empezó en 2010 su proyecto empresarial en Guinea Bissau con una inversión de cuatro millones de euros y una concesión por parte del gobierno guineano de 6.000 hectáreas. El proyecto está en una fase inicial y la empresa, de momento, está explotando una mínima parte.

Jaume Pons, es socio de la empresa arrocera gerente de la fábrica en Bafatá. Llegó hace cuatro años y dice que lo hizo actuando “de buena fe”. Que el gobierno les ofreció unas tierras para el cultivo de arroz y que estas estaban abandonadas y descuidadas y gracias a la entrada de Agrogeba ahora esas tierras son productivas.
“Se disparó a la vaca porque ya estábamos cansados"

Pons reconoce algunas de las denuncias que hacen las comunidades afectadas, como que los guardas retienen a las vacas que entran en las tierras que ha ocupado la empresa. El ganadero que quiere recuperarlas tiene que pagar 40.000 cfas (unos 60 euros). Una vez uno de los guardianes disparó incluso a una de las vacas que se había colado en las tierras y la mató de un disparo. El dueño denunció lo ocurrido a los tribunales y el litigio está abierto. “Se disparó a la vaca porque ya estábamos cansados de que se colasen los animales en las tierras”, justifica Pons.

Cerca de su oficina está aparcada la avioneta con la que Agrogeba fumiga los terrenos. “Agrogeba ha implementado un modelo de producción industrial intensivo. Este modelo implica un uso intensivo de fertilizantes nitrogenados y una gran variedad de agrotóxicos, implementados en su mayor parte por fumigación aérea”, denuncia el informe de Alianza por la Solidaridad. Pons asegura que los productos que utilizan para fumigar son legales y que los empleados que tienen que manipularlos utilizan guantes y mascarillas para protegerse.

Sin embargo, las comunidades aseguran que el uso de pesticidas les está afectando a la salud. Maimuna Balde es matrona y por sus manos han pasado casos de varias mujeres afectadas: “Los productos químicos desplazan las nubes de mosquitos de los cultivos a la zona donde hay más población y eso produce más malaria. También estamos teniendo más abortos en mujeres”, denuncia.

La lista de quejas de las comunidades con Agrogeba es interminable. Amadu Balde, jefe de una de los poblados, cuenta que la empresa se comprometió a construir una escuela y un centro de salud. “Lo dijeron ellos, nadie les pidió nada. Pero tampoco lo han cumplido”. Desde Agrogeba, Pons reconoce que es cierto que todavía no han construido nada de lo que prometieron a la población en compensación por su llegada. “Todavía no hemos recuperado la inversión y no tenemos ahora dinero para hacer obra social”, concluye.

"Belaun, baleako laborarien laguntzeko tresna izan dadin nahi dugu" Jean-Marie Oçafrain

Duela hiru urte sortua, Aldudeko Belaun kooperatibak bere abiadura atzematen ari da. Euskal xerriak leku nagusia du bainan bildots aktibitatearen garatzeko nahian dira zazpi kideak, laborari gehiago juntatuz tresnari. Oinarrian transformaziorako sorturiko kooperatiba bat da, Aldude bailarako sei laborari eta Amaiurgo batekin. Aldiz orain bailarako beste hainbat uztaritze eremutara ere hedatu da.  Jean-Marie Oçafrain, Bankako laboraria eta Belauneko presidentea, elgarrizketan nabarmendu du kooperatibak hastapenetik xede duela bailarako laborarien interesen aldeko tresna izatea. "Helburua dugu Belaun biziaraztea eta laborariek merkatuan baino gehixago ukaitea. Berriki bildu gira 30 laborariekin eta 23 prest agertu dira sartzeko Belaunen. Balea huntan martxan den tresna batean parte hartu nahi baitute ere. Belaunek lotura soziala sortzen du hemen ibiltzen diren laborarien artean."

LABORARI
Bildots sasoin betean gira eta aurten ere baleako laborarieri erosiko dizkiezue bildotsak. Zergatik lan hortan hasi zirezte?
Lehenik merkatua baginuelakotz eta koperatibako kideen bildotsak ez ginituelakotz aski merkatu horren asetzeko. Bigarrena arrazoina da Belaun sortzean berean, helburu bezala hartu dugula baleako laborarien laguntzeko tresna izaitea gure koperatifa. Jaz 1300 bat bildots erosi ditu Belaunek, kideenak eta baleako 30 bat etxaldeetakoak. Urte pixka bat berezia izan da helgoalderat buruz bildotsak bizirik igortzeko komanda bat ukan baitugu. Bestela, bildotsak osorik karkasan edo guhaurek mozturik igortzen ditugu Parise eta Frantziako kliente batzuri, ostatugintzan eta harakintegietan gehien bat.

Laborariendako interesanta da?
Laborarieri prezio berdina proposatzen diegu urte guzian. Karkasan pagatzen dugu bildotsa, erran nahi baitu bildotsa hobea eta laborariak prezio goragoa duela.%56tik gora bada errendamendua, 6,54€/kg pagatzen dugu bildots buru beltzendako (bizirik balitz, 3,60€-3,70€/kg inguru laike), doi bat apalago buru gorriendako. Merkatua gu baino biziki gorago delarik, jazko Eguberriz bezala, indar bat egiten dugu. Kalitate oneko bildotsak nahi ditugu, « cahier des charges » edo araudiak finkatuak ditugu.

Laborariak koperatibarat hurbildu nahi dituzue...
Urtarriletik goiti aiseago atxemaiten ditugu bildotsak, merkatua apalago baita. Laborarieri segurtamenaren emaiteko eta gure merkatuen segurtatzeko, gogoetan ari gira laborariak nola bildu koperatifa barnean. Heiek lehentasuna eman dezaten koperatifari eta gu segurrak izan gaiten heiendako. Helburua dugu Belaun biziaraztea eta laborariek merkatuan baino gehixago ukaitea. Berriki bildu gira 30 laborariekin eta 23 prest agertu dira sartzeko Belaunen. Balea huntan martxan den tresna batean parte hartu nahi baitute ere. Belaunek lotura soziala sortzen du hemen ibiltzen diren laborarien artean. Baikor da.

Zerri, ahatxe, bildots, baleako harakintegia bilakatzen ahal zintaizkete?
Ez dakit hortarat helduko giren. Izaiten ahal laike. Halare Aldudeko balean, ainitzek kabalakbadituzte eta beraz etxeko haragia ere. Bainan egia da lekuko jendea gero ta gehiago heldu zaukula saltegirat, Baigorri aldekoak bainan ere kostaldekoak, hauek gehiago haragi freskoa bilatzen dutela.

El número 15 de la revista Soberanía Alimentaria se dedica a analizar con mirada crítica y voces del campo, el cooperativismo agrario. 
Como dice la editorial,  empezamos a pensar este número con la idea de aportar al debate del cooperativismo en el mundo rural y nos hemos encontrado que en la  palabra ‘cooperativa’  confluyen las corrientes de pensamiento más alejadas, esas que pensábamos que jamás veríamos juntas. Esto se traduce en algunas prácticas diversas y dispares que encontramos en ese lugar: visión empresarial buscando el máximo beneficio, gestión colectiva horizontal, mercado de exportación, revalorización de lo local y articulación territorial, burocracia, alegalidad… blancos, negros y toda la gama de grises.
Y no es que hayamos encontrado un lugar donde, como las fiestas de un idílico pueblo, poder reconocernos, entendernos y ser felices.
La palabra cooperativa y toda su carga original de principios y teorías, se ha dejado arrastrar como tantas otras cosas, por los valores de la acumulación, la búsqueda de beneficios sin más y desde luego, cargando con un pensamiento patriarcal. En ese trayecto ha dejado una estela de posibilidades y todas se siguen llamando cooperativas ¡No nos engañemos, aunque tengan el mismo nombre no hablamos de un mismo lugar!
Entonces ¿qué es en realidad una cooperativa? ¿Puede ser una herramienta para construir soberanía alimentaria como pensábamos al empezar a elaborar este número? La clave no es así de sencilla, porque quizá las preguntas son otras ¿qué queremos que sea eso de “cooperativa”?
Recompongámoslas desde hoy, desde el saber hacer las cosas mal y saber que no nos gustan y por qué. No se trata de volver donde lo dejamos, de volver al momento de la redacción de las teorías y volver a aplicarlas de otra manera. Tenemos memoria, algo de gran valor, y saber usarla debe ser nuestra principal habilidad.
Por eso, pensamos que más que usar las cooperativas para construir soberanía alimentaria, deberíamos usar la soberanía alimentaria – y los movimientos sociales rupturistas en general- para recomponer y reinventar la idea de cooperativa
Y para contribuir a este fin, en este número de la revista queremos, en primer lugar, repasar la memoria para tenerla presente, escuchar las voces campesinas que forman parte de cooperativas y aportar las reflexiones de la economía feminista, que amplía horizontes y nos proporciona nuevas piezas de transformación radical. Y también nos acercamos a experiencias que, convencidas, se identifican con la palabra cooperativa y se mueven al compás de otras melodías, las que reconocemos como cercanas a la economía solidaria, a un buen vivir, al mundo que soñamos.

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Un menú con alimentos kilométricos para Navidad

Esther Vivas
Llega la Navidad y también las comidas familiares, con amigos… La Navidad es una fiesta eminentemente gastronómica. Junto a los clásicos de estas fechas, como los canalones, la escudella, los polvorones y los turrones, encontramos, cada vez más, platos como los langostinos, la ensalada de piña, el foie gras, entre otros. Pero, ¿de dónde vienen estos alimentos? ¿Cuántos kilómetros han recorrido antes de llegar a nuestro plato? ¿Cómo han sido elaborados?
Un informe de Amigos de la Tierra señala que la media de kilómetros que hace un alimento del campo a la mesa es de más de cinco mil, con el consiguiente impacto medioambiental. Si contamos que algunos de estos productos vienen de cerca, significa que otros llegan de muy lejos. Pero lo más paradójico es que una parte importante de los mismos los podemos encontrar producidos, también, a nivel local. ¿Por qué, entonces, los consumimos de lugares tan remotos? Los salarios bajos, la persecución sindical, la legislación medioambiental flexible en numerosos países del sur que da beneficios importantes a las empresas del sector son la respuesta. Que este modelo genere gases de efecto invernadero, explotación laboral y alimentos de baja calidad, parece que no importa.
Si analizamos el menú de Navidad, nos damos cuenta de que un buen número de los productos que consumimos han viajado miles kilómetros antes de llegar a la mesa. Los langostinos, habituales en esta época del año, son un buen ejemplo. La mayoría provienen del trópico latinoamericano o asiático. Además del largo viaje hasta nuestras mesas, su producción tiene un impacto muy negativo socialmente (sueldos de miseria y uso sistemático de químicos y antibióticos para conservarlos) y medioambiental (destrucción de fondos marinos por la pesca de arrastre y de manglares talados para construir piscifactorías). El Estado español es el principal importador de langostinos de la Unión Europea.
La piña se ha convertido, en los últimos tiempos, en otro de los clásicos de las fiestas, pero tres cuartas partes de las que se comercializan en Europa provienen de Costa Rica. Unas cuantas plantaciones y multinacionales monopolizan la producción e imponen unas condiciones laborales extremadamente precarias. Un informe de Consumers International indica que sus trabajadores tienen considerables problemas de salud debido a la utilización masiva de agroquímicos y la organización de la plantilla es prácticamente inexistente debido a la política antisindical de las empresas.
Incluso un alimento tan típico como es la uva de fin de año viene, mayoritariamente, de Chile. Si antes había variedades locales con una maduración tardía, como la uva de Navidad, hoy la mayor parte de la que consumimos en estas fechas llega de la otra punta del planeta. O si por Navidad comemos melón con jamón, ya no lo hacemos de la variedad del melón de Navidad, sino que acabamos comprando productos que han sido conservados durante meses en cámaras frigoríficas, donde han perdido muchas propiedades, o que vienen de lugares tan lejanos como América del Sur.
El pollo asado, relleno o el capón son otros platos típicos. El consumo de carne, nos dicen, resulta imprescindible en estas fiestas. Ya lo cuenta una canción catalana: “Ara ve Nadal, matarem el gall i a la tia Pepa li donarem un tall” (Ahora viene Navidad, mataremos el gallo y a la tía Pepa le daremos un pedazo). Mi abuelo así lo hacía cada 25 de diciembre, pero en lugar del gallo mataba una gallina de su gallinero. Hoy, sin embargo, consumimos animales engordados con piensos transgénicos con miles de kilómetros a sus espaldas, a los que inyectan preventivamente altas dosis de fármacos y los crían en granjas de producción intensiva, esparcidas por todo el mundo, donde los tratan como “cosas” y vulneran sus derechos. Y no hablemos del foie gras, servido en los entrantes de Navidad, ni de cómo se elabora.
Los alimentos kilométricos se han convertido en parte de nuestra alimentación cotidiana. Comida cargado de injusticia con las personas, los animales y el medio ambiente. La alternativa radica en el consumo local, ecológico, sin explotación animal, campesino, de proximidad, a pequeña escala. Apostemos por un consumo crítico tanto en Navidad como los 365 días del año.